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21 oct

Germán del Sol, arquitecto del Hotel Explora: Una casa en el fin del mundo

Publicado en Bitácora de viaje por Chile, Zona Sur: Patagonia

explora-torresGermán del Sol descubrió Torres del Paine, en pleno corazón de la Patagonia chilena, cuando nadie apostaba por el cada día más visitado parque. Primero construyó el Hotel Explora y después el Hotel Remota. ¿Pero cómo fue que este arquitecto vislumbró todo el potencial de una zona habitada tradicionalmente por duros gauchos ovejeros? ¿Acaso imaginó qué Torres del Paine se convertiría en el destino más apetecido de Chile? ¿O que la fiebre por la Patagonia tendría alcance mundial? Germán del Sol responde aquí por sus actos. Uno por uno.

Primer acto: el descubrimiento

Me encargaron arreglar las oficinas de la aerolínea Ladeco en todo Chile y, como a mi socio no le gustaba volar, yo tuve que visitar todas las obras. Venía del canal Beagle, donde habíamos arreglado una hostería, y pasé por Torres del Paine. Ahí me di cuenta que el parque estaba prácticamente abandonado. Era comienzos de 1988 y todo estaba a punto de cerrar. Pero yo dije “aquí hay un recurso extraordinario, esta es una reserva de gran belleza, pero la gente no puede ver todo lo que hay”. Le propuse entonces al gerente de Ladeco, José Luis Ibáñez, que armara un proyecto turístico para Chile. Me respondió que yo mismo lo hiciera. Y finalmente Pedro Ibáñez, hermano de José Luis, fue quien consiguió los derechos para levantar el hotel.

Me acuerdo que iba a bordo de un pequeño avión DAP, que volaba de Punta Arenas a Puerto Williams, cuando escribí en un cuaderno los fundamentos del Explora. Se llama “El arte del viaje” y sirve para definir el espíritu del asunto.

A mí entender la Patagonia no es un lugar deshabitado y virgen, como suele parecer. El atractivo que tiene la Patagonia es que ha sido habitada durante miles de años, con pastoreo y estancias, y aún así la obra humana no ha alcanzado a destruir nada importante. Ese es el hecho que realza su salvajismo y lo que me motivó a desarrollar un proyecto para dar uso fecundo a un territorio que sigue estando deshabitado.

En general los parques chilenos tienen vida gracias a esa cualidad. En los parques norteamericanos, si ven una araña, la exterminan. Son parques como de juguetería. En Chile, en cambio, está lleno de territorios que no hay que poseer, sino recorrer, ocupar, habitar, sin controlarlos. Cuando controlas el territorio se pierde lo inesperado. Y ese es para mí el sentido último de los viajes.

Segundo acto: el Hotel Explora

La arquitectura de un hotel es el resultado de un complejo plan. Y mi plan con el Explora era bajar la expectativa al mínimo posible. Imagínate: las visitas viajan, no sé, doce o veinte horas hasta llegar a Santiago. Y luego deben volar otras seis hasta Punta Arenas. Más otras seis, por tierra, hasta Puerto Natales. Ya en el camino, con las curvas y la tierra, van maldiciendo a más no poder. Llegan al hotel a oscuras y se encuentran con que es un lugar pequeño en un entorno gigantesco. Ven la entrada y es una puerta chica. En ese momento las expectativas bajan a cero y cualquier cosa que pudiera aparecer sería extraordinaria (cuando tienes expectativas, no ves lo que hay).
De repente aparece el interior: todo forrado en madera nativa, muy cuidado y con colores cálidos. La administradora los espera con un pisco sour y los invita a pasar al bar, donde reviven y se quedan hasta la una de la mañana conversando.

Al día siguiente aparece el hotel, justo en medio de una naturaleza exuberante y entonces prende el deseo de aventura. Explora significa Sociedad Exploradora del Sur de América, precisamente porque propone pasear, salir a explorar. En esa exploración es cuando se te olvida el mundo cotidiano y todas esas cosas que a veces neurotizan tanto.

Durante el día, cuando te estás mojando o pasando frío, sabes que a las siete de la tarde el juego se suspende y te estará esperando una rica piscina tibia. Es como el cuento del “Guardián en el centeno”; tal como ese niño que quería cuidar a otros niños, el hotel cuida a su gente sólo con su presencia. Es un refugio que está conectado con el ambiente del lugar; tanto con el suelo como con el cielo. Arriba están las nubes blancas, abajo la nieve blanca y, en el medio, el hotel que también es blanco.

Conde Nast Traveller lo ha elegido varias veces como uno de los mejores hoteles del mundo. Y a mí me enorgullece porque es único e irrepetible. Es un esfuerzo por hacer arquitectura propia sin pecar de provinciano.

Tercer acto: Hotel Remota

Me encargaron un hotel a la salida de Puerto Natales, mirando el canal Señoret. Como en arquitectura no hay una solución, ni menos una sola que sea buena, sino muchas, lo que hicimos con este nuevo hotel fue tratar de olvidarnos del Explora. Así es que pusimos el acento en otras cosas. El Explora está basado en el lujo sin limitaciones, pero el Remota está basado en cierto lujo con limitaciones.

Esto no es un Club Méditerranée, donde vienen unas personas simpáticas a invitarte a bailar con otras personas simpáticas. Aquí el lujo está en el silencio, en gruesas toallas que se mantienen tibias o en camas que te dan sueño de sólo mirarlas.

El Remota es un hotel que está al servicio de las personas, pero para ponerlas en contacto con la naturaleza del lugar. Un mochilero no tiene la libertad de salir a caminar todo el día, porque tiene que preocuparse de su comida y de dónde va a pasar la noche. Aquí, en cambio, la supervivencia corre por cuenta del hotel: te traen el almuerzo, te cargan las cosas, te ofrecen paseos, te llevan al SPA. Son 120 habitaciones repartidas en dos pisos, con un espacio común en el que los fuegos están encendidos y el agua está corriendo. Todo es muy rústico. Pero todo cinco estrellas.

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