En los últimos años, el principal puerto de Chile ha vivido un verdadero boom marcado por la proliferación de pequeños hoteles, amén de sofisticados restaurantes, pubs, discos y tugurios varios. Pese a ello el principal encanto de Valparaíso sigue estando en su oxidada melancolía que, ayer y hoy, lo posiciona como uno de los destinos más singulares del mundo. Más aún si es de noche.
Siempre se ha dicho que Valparaíso nunca se termina de conocer. Son tantos los cerros, pasajes y laberínticas callejuelas que, inevitablemente, uno termina perdiéndose. Claro que, más allá de la intrincada trama, Valparaíso siempre ha tenido el encanto de mutar, cambiar y, por lo mismo, sorprender. ¿Y ese bar? ¿Es nuevo? ¿Esta casa no era así antes, no?, terminas preguntándote cada vez que viajas a Valparaíso. Y de pronto caes en cuenta en que, aunque hayan pasado sólo unos meses, de nuevo tienes enfrente una ciudad bastante desconocida.
Tal vez por el hecho de vivir tan cerca del puerto (en Santiago, a no más de una hora y medio en auto) uno cómo que se olvida de Valparaíso. Y, finalmente, siempre es como la primera vez. Más ahora que la ciudad vive un potente resurgimiento y, por aquí y por allá, el puerto se repleta de nuevos hoteles, bares y restaurantes que vuelven a hacer surgir el amor. Tal como la primera vez.
Tres, cuatro años atrás, alojar en Valparaíso era difícil. Salvo clásicos como el Brighton y el Prat -un hotel digno de novela negra, al mejor estilo Raymond Chandler- más una que otra residencial (hostal) de familia, lo cierto es que todo lo que se podría encontrar en Valparaíso no se compadecía con su paupérrima oferta hotelera. Pero las cosas han cambiado. Y, si se trata de pasar un movido, intenso fin de semana, cosa que en Valparaíso equivale a asegurar, como mínimo, dos noches de copas y fiestas, todo debiera comenzar en alguno de los cálidos hoteles tipo Bed & Breakfast que comienzan a inundar la ciudad.
Me habían hablado de varios: ahí está el Ultramar, del cerro Cárcel (Tomás Pérez 173) un pequeño hotelito con fachada estilo italiano del 1900; un hotel boutique ubicado a sólo unas cuadras de la célebre Sebastiana -la casa de Neruda- y el soberbio palacio Baburizza; una verdadera joyita sobriamente decorada con pequeños objetos de reminiscencias pop-art. Otra alternativa, en la misma línea, es la Casa Latina del cerro Concepción (Papudo 462); un hotel boutique donde todo es más bien minimalista, salvo la grandiosa vista a la bahía.
Complementan la lista lugares como el Puerto Natura, del cerro Bellavista, el cual se distingue por ofrecer reiki y baños de barro a sus huéspedes, claro que también una ubicación privilegiada para disfrutar de lugares cercanos como el Museo a Cielo Abierto (y sus bellos murales) y la sorprendente casa de la Fundación Valparaíso, dirigida por el incansable Todd Tempkins, un norteamericano que vino a Chile a enseñar literatura y hoy dirige la principal institución dedicada a restaurar y proteger el patrimonio arquitectónico de la ciudad, hace poco declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
Así o así mi fin de semana comenzó en el que, creo, es una de las mejores alternativas: el Somerscales, un hotel del cerro Alegre que opera en una casa rescatada, más que restaurada, y que fue donde alguna vez vivió un célebre pintor de marinas y naturaleza salvaje, cosa que explica la profusión de bellos cuadros que incitan a explotar los sentidos. Es que de eso se trata Valparaíso: de respirar profundo, un, dos, un, dos. Y luego, con el pecho erguido, inflado, sentirse como un marinero que acaba de sortear con vida el Cabo de Hornos. Y entonces llega a… Valparaíso… Al paraíso… Cosa que, al menos de noche, no sólo es mito.
Veamos. Ya instalado en el hotel, lo primero es ir por un contundente aperitivo. Y para eso hay varios lugares. O sea que pueden ser varios aperitivos. En mi caso, primero una copa de vino en el Café Vinilo (Almirante Montt 448), sitio en el que puedes elegir qué vinilo escuchar (sí, vinilo) entre una completísima colección. Lo otro es zamparse un trozo de kuchen de palta; extraña especialidad de la casa, sólo para aventureros con estómago outdoor… Otras sitios para más copas son el Café Turri del cerro Concepción (Templeman 147); un gran hotel blanco con gigantescas columnas y vieja barra frente al bar, en el que no es fácil llegar a pensar en qué se parecen Atenas y Valparaíso. ¿En qué? Finalmente, para completar el tour cuando las luces ya se han encendido, está el bar-minicine Valparaíso mi amor, ubicado en el mismo cerro Concepción (Papudo 612). ¿Cuál es la gracia? Bueno, tomar más vino. Y asistir a la vermouth de alguna película 16 mm: generalmente viejos documentales, imposibles de ver en algún otro lugar, los cuales forman parte de la curiosa cineteca de este lugar que se ha convertido en el favorito de artistas como Raúl Ruiz, lejos el cineasta chileno más prominente.
Pero bueno, ya con suficiente bencina en el cuerpo, es hora de asegurar una buena mezcla de combustibles. Es hora de comer. Y la elección hoy en Valparaíso no es nada de fácil. Si se hace caso a Carlos Reyes, un experto que prepara una guía de restaurantes de la ciudad, habría que ir al Caruso, un restaurante de pescados y mariscos donde la casa se pone con el consomé y, aparte, se puede degustar el glorioso pastel de jaibas o el riquísimo filete de atún. Claro que en mi primera noche opté por el Filou de Montpellier, un restaurante que ofrece comida casera francesa y donde hay que probar sí o sí el cordero magallánico. Ojo que también está el Pasta e Vino del cerro Concepción (Templeman 352) el cual a poco andar se ha transformado en uno de los mejores restaurantes de Chile. Y, cómo olvidarlo, el Coco Loco, un restaurante giratorio (Blanco 1781), que en una hora y veinte minutos da una vuelta completa sobre Valparaíso. Quizás la mejor opción para… la segunda y última noche…
El punto es que aún es la primera. Y, como no sólo Paris es una fiesta, es tiempo de mover el esqueleto. Y ahí sí que Valparaíso tiene muchísimo que ofrecer. Todo depende de las ganas, de la energía y de cuantos mariscos se hayan probado. ¿Cómo fue mi ruta? Bueno, hasta donde me acuerdo, más o menos así. Primero La piedra feliz, un pub de la calle Echaurren, que está justo enfrente de una célebre piedra donde no pocos porteños se han suicidado. No conozco Lisboa, pero dicen que ambas ciudades comparten la eterna e intensa melancolía. Pero ojo que si algo sobra en Valparaíso eso es alegría. Y, aparte de la decena de discos y pubs de la calle Echaurren, frente al centro portuario, Valparaíso tiene también la subida Ecuador; una angosta y ululante calle repleta de discos como Mr. Egg y La Locomotora, sitios donde los cuerpos humean al ritmo de los hits del momento.
¿El resto? El resto quizás son los clásicos: La Playa, el J. Cruz (repleto de viejas muñecas y miles de cachivaches digno de la más enfebrecida Feria de Pulgas) y, por supuesto, el Cinzano en la plaza Anibal Pinto. A esas alturas, hables o no español, todos terminan cantando uno que otro clásico de la ciudad. Por ejemplo “La joya del Pacífico”; el gran himno de Valparaíso, una canción que habla de lo eterna que es esta ciudad. Y de lo altamente adictiva que es.
Una cosa es cierta: en Valparaíso una noche no basta. Dos tampoco. Es que a Valparaíso uno siempre quiere volver. Y, más que dinero, lo que aquí se necesita es una buena aspirina para el dolor de cabeza. No hay que olvidarlo: Valparaíso está a la altura del mar.